domingo, 13 de noviembre de 2022

LOS TRES JIRCAS.

 Los tres jircas

Enrique López Albújar


LOS LOPECINOS PROMOVEMOS LA LECTURA Y RECORDAMOS A NUESTRO ESCRITOR ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR

Marabamba, Rondos y Paucarbamba.

Tres moles, tres cumbres, tres centinelas que se yerguen en torno de la ciudad de los Caballeros de León de Huánuco. Los tres jircayayag, que llaman los indios.

Marabamba es una aparente regularidad geométrica, coronada de tres puntas, el cono clásico de las explosiones geológicas, la figura menos complicada, más simple que afectan estas moles que viven en perpetua ansiedad de altura; algo así como la vela triangular de un barco perdido entre el oleaje de este mar pétreo llamado los Andes.

Marabamba es a la vez triste y bello, con la belleza de los gigantes y la tristeza de las almas solitarias. En sus flancos graníticos no se ve ni el verde de las plantas, ni el blanco de los vellones, ni el rojo de los tejados, ni el humo de las chozas. Es perpetuamente gris, con el gris melancólico de las montañas muertas y abandonadas. Durante el día, en las horas de sol, desata todo el orgullo de su fiereza, vibra,reverbera, abrasa, crepita. El fantasma de la insolación pasea entonces por sus flancos. En las noches lunares su tristeza aumenta hasta reflejarse en el alma del observador y hacerle pensar en el silencio trágico de las cosas. Parece un predestinado a no sentir la garra inteligente del arado, ni la linfa fecundante del riego, ni la germinación de la semilla bienhechora. Es una de esas tantas inutilidades que la naturaleza ha puesto delante del hombre como para abatir su orgullo o probar su inteligencia. Mas quién sabe si Marabamba no sea realmente una inutilidad, quién sabe si en sus entrañas duerme algún metal de esos que la codicia insaciable del hombre transformará mañana en moneda, riel, máquina o instrumento de vida o muerte.

Rondos es el desorden, la confusión, el tumulto, el atropellamiento de una fuerza ciega y brutal que odia la forma, la rectitud, la simetría .Es la crispadura de una ola hidrópica de furia, condenada perpetuamente a no saber del espasmo de la ola que desfallece enla playa. En cambio es movimiento, vida, esperanza, amor, riqueza. Por sus arrugas, por sus pliegues sinuosos y profundos el agua corre y se bifurca, desgranando entre los precipicios y las piedras sus canciones cristalinas y monótonas; rompiendo con la fuerza demoledora de su empuje los obstáculos y lanzando sobre el valle, en los días tempestuosos, olas de fango y remolinos de piedras enormes, que semejan el galope aterrador de una manada de paquidermos enfurecidos...

Rondos, por su aspecto, párece uno de esos cerros artificiales y caprichosos que l~ imaginación de los creyentes levanta en los hogares cristianos en la noche de Navidad. Vense allí cascadas cristalinas y paralelas; manchas de trigales verdes y dorados; ovejas que pacen entre los riscos lentamente; pastores que van hilando su copo de lana enrollado, como ajorca, al brazo; grutas tapizadas de helechos, que lloran eternamente lágrimas puras y transparentes como diamantes; toros que restregan sus cuernos contra las rocas y desfogan su impaciencia con alaridos entrecortados; bueyes que aran resignados y lacrimosos, lentos y pensativos, cual si marcharan abrumados por la nostalgia de u:na potencia perdida; cabras que triscan indiferentes sobre la cornisa de una escarpadura escalofriante; árboles cimbrados por el peso de dorados y sabrosos frutos; maizales que semejan cuadros de indios empenachados; cactus que parecen hidras, que parecen pulpos, .que parecen boas. y en medio de todo esto, la nota humana, enteramente humana, representada por casitas blancas y rojas, que de día humean y de noche brillan como faros escalonados en un mar de tinta, y hasta tiene una iglesia, decrépita, desvencijada, ala cual las inclemencias de las tempestades y la incuria del indio, contagiado ya de incredulidad, van empujando inexorablemente a la disolución. Una vejez que se disuelve en las aguas del tiempo.

Paucarbamba, no es como Marabamba ni como Rondos, tal vez porque no pudo ser como éste o porque no quiso ser como aquél. Paucarbamba es un cerró áspero, agresivo, turbulento, como forjado en una hora de soberbia. Tiene erguimientos satánicos, actitudes amenazadoras, gestos de piedra que anhelara triturar carnes, temblores de leviatán furioso, repliegues que esconden abismos traidores, crestas que retan el cielo. De cuando en cuando verdea y florece y alguna de sus arterias precipita su sangre blanca en el llano. Es de los tres el más escarpado, el más erquido, el más soberbio. Mientras Marabamba parece un gigante sentado y Rondos un gigante tendido y con los brazos en cruz, Paucarbamba parece un, gigante de pie, ceñudo y amenazador. Se diría que Marabamba piensa, Rondos duerme y Paucarbamba vigila.

Los tres colosos se han situado en torno a la ciudad, equidistantemente, como defensa y amenaza a la vez. Cuando la niebla intenta bajar al valle en los días grises y fríos, ellos con sugestiones misteriosas, la atraen, la acarician, la entretienen y la adormecen para después, con manos invisibles -manos de artífice de ensueño- hacerse turbantes y albornoces, collares y coronas. y ellos son también los que refrenan y encauzan la furia de los vientos montañeses, los que entibian las caricias cortantes y traidoras de los vientos puneños y los que en las horas en que la tempestad suelta su jauría de truenos y desvían hacia sus cumbres las cóleras flagelantes del rayo.

Y son también amenaza; amenaza de hoy, de mañana, de quién sabe cuándo. Una amenaza llamada a resolverse en convulsión, en desmoronamiento, en catástrofe. Porque ¿quién puede decir que mañana no proseguirán su marcha? Las montañas son caravanas en descanso, evoluciones en tregua, cóleras refrepdadas, partos indefinidos. La llanura de ayer es la montaña de hoy, y la montaña de hoy será el abismo o el valle de mañana.

Lo que no sería extraño. Marabamba, Rondos y Paucarbamba tienen geológicamente vida. Hay días en que murmuran, en que un tumulto de voces interiores pugna por salir para decirle algo a los hombres. Y esas voces no son las voces argentinas de sus .metales yacentes, sino voces de abismos, de oquedades, de gestaciones terráqueas, de fuerzas que están buscando en un dislocamiento el reposo definitivo.

Por eso una tarde en que yo, sentado sobre un peñón de Paucarbamba, contemplaba con nostalgia de llanura, cómo se hundía el sol tras la cumbre del Rondos, al levan tarme , excitado por el sacudimien to de un temblor, Pillco, el indio más viejo, más taimado, más supersticioso, más rebelde, en una palabra más incaico de Llicua me decía, poseído de cierto temor solemne:

-Jirca-yayag. Jirca-yayag, con hambre, taita.

-¿Quién es Jirca-yayag?

-Paucarbamba, taita. Padre Paucarbamba, pide oveja, cuca, bescochos, comfuetes.

-¡Ah, Paucarbamba come como los hombres y es goloso como los niños! Quiere confites y bizcochos.

-Au, taita. Cuando pasa mucho tiempo sin comer, Paucarbamba piñashcaican. Cuando come cushiscaican.

-No voy entendiéndote, Pillco.

-Piñashcaican, malliumor; cushiscaican, alegría, taita.

-¿Pero tú crees de buena fe, Pillco, que los cerros son como los hombres?

-Au, taita. Jircas comen; jircas hablan; jircas son dioses. De día callan, piensan, murmuran o duermen. De noche andan. Pillco no mirar noche jircas; hacen daño. Noches nubladas jircas andar más, comer más, hablar más. Se juntan y conversan. Si yo te contara, taita, por qué jircas Rondos, Paucarbamba y Marabamba están aquí ..


II


Y he aquí lo que me contó el indio más viejo, más taimado, más supersticioso y más rebelde de Llicua, después de haberme hecho andar muchos días tras él, de ofrecerle dinero, que desdeñó señorialmente, de regalarle muchos puñados de coca y de prometerle, por el alma de todos los jircas andinos, el silencio para que su leyenda no sufriera las profanadones de la lengua del blanco, ni la cólera implacable de los jircas Paucarbamba, Rondos y Marabamba. "Sobre todo -me dijo con mucho misterio- que no sepa Paucarbamba. Vivo al pie, taita".

"Maray, Runtus y Páucar , fueron tres guerreros venidos de tres lejanas comarcas. Páucar, vino de la selva, Runtus del mar ; Maray , de las punas. De los tres,Páucar era el más joven y Runtus, el más viejo. Los tres estuvieron a punto de chocar un día, atraídos por la misma fuerza: el amor. Pillco-Rumi,curaca de la tribu de los pillcos, después de haber tenido hasta cincuenta lújos, todos varones, tuvo al fin una hembra es decir una Orcoma,pues no volvió a tener otra hija. PiUco-Rumi por esta circunstancia puso en ella todo su amor, todo su orgullo, y su amor fue tal que medida que su hija crecía iba considerándola más digna de Pachacámac que de los hombres. Nació tan fresca, tan exuberante, tan bella que la llamó desde ese instante Cori-Huayta. y Cori-Huayta fue el orgullo del curacazgo, la ambición de los caballeros, la codicia de los sacerdotes, la alegría de Pillco-Rumi, la complacencia de Pachacámac. Cuando salía en su litera a recoger flores y granos para la fiesta del Raymi, seguida de sus doncellas y de sus criados, las gentes se asomaban a las puertas para verla pasar y los caballeros detenían su marcha embelesados, mirándose después, durante muchos días, recelosos y mudos.

Pillco-Rumi sabía de estas cosas y sabía también que, según la ley del curacazgo, su hija estaba destinada a ser esposa de algún hombre. Si la esterilidad era considerada como una maldición entre los pillcos, la castidad voluntaria sin voto, era tenida como un signo de orgullo, que debía ser abatido, so pena de ser sacrificada la doncella a la cólera de los dioses y la ley de los pillcos prescribía que los varones debían contraer matrimonio a los veinte años y las mujeres a los dieciocho. Pillco-Rumi no estaba conforme con la ley. Pillco-Rumi sintió rebeldías contra ella y comenzó a odiarla y a pensar en la manera de eludirla. Según él, Cori-Huayta estaba por encima de la ley. La ley no se había puesto en el caso de que un padre que tuviera una orcoma habría necesariamente de casarla. Cuando se tiene varias hijas, bien puede cederse todas, menos la elegida por el padre para el cuidado de su vejez. y cuando se tiene una como Cori-Huayta, pensaba Pillco-Rumi, todos los hombres sumados, no merecen la dicha de poseerla.

Y Pillco-Rumi, que, además de padre tierno, era hombre resuelto y animoso, juró ante su padre el Sol que Cori-Huayta no sería de los hombres sino de Pachacámac.


III


Y llegó el día en que Pillco-Rumi debía celebrar en la plaza pública el matrimonio de todos los jóvenes aptos según la ley.

La víspera Pillco-Rumi había llamado a su palacio a Racucunca, el gran sacerdote, yaa Karu-Ricag, el más prudente de los amautas, para consultarles el modo de eludir el cumplimiento de la ley matrimonial.

El amauta dijo:

-La sabiduría de un curaca está en cumplir la ley. El que mejor la cumple es el más sabio y el mejor padre de sus súbditos.

Y el gran sacerdote, que no había querido ser el primero en hablar:

-Sólo hay dos medios: sacrificar a Cori-Huayta o dedicarla al culto de nuestro padre el Sol.

Pillco-Rumi se apresuró a objetar:

-Cori-Huayta cumplirá mañana dieciocho años; ha pasado ya la edad en que una doncella entra al servicio de Pachacámac.

-Para nuestro padre -repuso Racucunca- todas las doncellas son iguales. Sólo exige juventud.

Y el gran sacerdote, a quien Cori-Huayta desde dos años atrás venía turbándole la quietud, hasta hacerle meditar horribles sacrilegios y que parecía leer en el pensamiento de Pillco-Rumi, añadió:

-No hay hombre en tu curacazgo digno de Cori-Huayta.

El amauta, que a su vez leía en el pensamiento de Racucunca, intervino gravemente:

-La belleza es fugaz; vale menos que el valor y la sabiduría. Un joven sabio y valiente puede hacer la dicha de Cori-Huayta.

Ante tan sentencioso lenguaje, que significaba para Racucunca un reproche y para Pillco-Rumi una advertencia, aquél, disimulando sus intenciones, replicó:

-Mañana, a la hora de los sacrificios lo consultaré en las entrañas del llama.

Y mientras Racucunca, ceñudo y solemne, salía por un lado y Karu-Ricag, tranquilo y grave, por otro, Pillco-Rumi, con el corazón apretado, por la angustia y la esperanza, quedábase meditando en su infelicidad.

Por eso en la tarde del día fatal, en tanto que el regocijo popular se difundía por la ciudad y en la plaza pública los corazones de los caballeros destilaban la miel más pura de sus alegrías; y los guerreros, coronados de plumas tropicales, en pelotones compactos, esgrimían sus picas de puntas. y regatones relucientes, balanceaban los arcos, blandían las macanas cabezudas, restregaban las espadas y las flechas, rastrallaban las hondas y batían banderas multicolores; y los haravicus, estacionados en los tres ángulos de la plaza, cantaban sus más tiernas canciones eróticas al son de los cobres estridentes; y las futuras esposas, prendidas en rubor, coronadas de flores, enroscadas las gargantas por collares de guayruros y cuentas de oro, y envueltas en albas turucas flotantes, giraban lentamente, cogidas de las manos, en torno de la gran piedra de los sacrificios; y Cori-Huayta, ignorante de su destino, esperaba la hora de los desposorios; Pillco-Rumi, de pie sobre el torreón del occidente, los brazos aspados sobre el pecho; la curva y enérgica nariz dilatada y palpitante, la boca contraída por una crispatura de soberbia y resolución y la frente surcada por el arado invisible de un pensamiento sombrío, encarando al sol el rojizo rostro, como una interrogación al destino, hacía esta invocación, mezcla de impiedad y apóstrofe:

-¿Podrán los hombres más que Pachacámac? ¿No querrás tú, Padre Sol, cegar con tus ojos los ojos de aquél que pretende posarlos en los encantos de Cori-Huayta? ¿No podrías tú hacerles olvidar la ley a los sabios, a los sacerdotes, a los caballeros? Quiero que Cori-Huayta sea la alegría de mi vejez; quiero que en las mañanas, cuando tú sales y vienes a bañar con el oro de tus rayos bienhehores la humildad de mi templo, Cori-Huayta sea la que primero se bañe en ellos, pero sin que los hombres encargados de servirte la contemplen, porque se despertaría en ellos el irresistible deseo de poseerla, Cori-Huayta es, señor, digna de ti. ¡Librala de los deseos de los hombres!

Y Pillco-Rumi, más tranquilo después de esta invocación, volviendo el rostro hacia la multitud, que bullía y clamoreaba más que nunca , clavó en ella una i11definible mirada de desprecio. y al reparar en Racucunca, que en ese instante, con un gran espejo cóncavo, de oro bruftido, recogía un haz de rayos solares para encender el nevado copo de algodón, del que había de salir el fuego sagrado para los sacrificios, levantó el puño como una maza, escupió al aire y del arco de su boca salió, como una flecha envenenada esta frase: "Cori-Huayta no será tuya, traidor. Yo también, como Karu-Ricag, adiviné ayer tu pensamiento. Primero mataré a Cori-Huayta".

Pero Supay, el espíritu malo, que anda siempre apedreando las aguas de toda tranquilidad y de toda dicha para gozarse en verlas revueltas y turbias, comenzó por turbar el regocijo público, pararon las danzas, se levantaron azorados los amautas, temblaron las doncellas, se le escapó de la diestra al gran sacerdote, el espejo cóncavo generador del fuego sagrado, y la multitud prorrumpió en un inmenso alarido, que hizo estremecer el corazÓn de Cori-Huayta, al mismo tiempo que; señalando varios puntos del horizonte, gritaba: "¡Enemigos! ¡Enemigos! Vienen por nuestras doncellas. ¿Dónde está Pillco-Rumi? ¡Defiéndenos, Pillco-Rumi! ¡Pachacámac, defiéndenos!".

Eran tres enormes columnas de polvo, aparecidas de repente en tres puntos del horizonte, que parecían tocar el cielo. Avanzaban, avanzaban... Pronto circuló la noticia. Eran Maray, de la tribu de los pascos; Runtus, de la de los huaylas; y Páucar, de la de los panataguas,la más feroz y guerrera' de las tribus. Cada uno había anunciado a Pillco-Rumi su llegada el primer día del equinoccio de la primavera, con el objeto de disputar la mano de Cori-Huayta, anuncio,que Pillco-Rumi desdeñó, confiado en su poder y engañado por las predicciones de los augures.

Los tres llegaban seguidos de sus ejércitos; los tres habían caminado durante muchos días, salvando abismos, desafiando tempestades, talando bosques, devorando llanuras. y los tres llegaban a la misma hora, resueltos a no ceder ante nadie ni ante nada. Runtus, durante el viaje había caminado pensando: "Mi vejez es sabiduría. La sabiduría hermosea el rostro y sabe triunfar de la juventud en el amor". y Maray: "La fuerza impone y seduce a los débiles. y la mujer es débil y ama al fuerte". y Páucar: "La juventud lo puede todo, puede lo que no alcanza la sabiduría y la fuerza".

Entonces Pillco-Rumi, que desde el torreón de su palacio había visto también aparecer en tres puntos del horizonte las columnas de polvo que levantaban hasta el cielo los ejércitos de Runtus, Páucar y Maray, comprendiendo a qué venían, en un arranque de suprema desesperación, exclamó, invocando nuevamente a Pachacámac: "Padre Sol, te habla por última vez Pillco-Rumi. Abrasa la ciudad, inunda el valle, o mata a Corilluayta antes de que yo pase por el horror de matarla".

Ante esta invocación, salida de lo más hondo del corazón del Pillco-Rumi, Pachacámac, que, desde la cima de un arco iris, había estado viendo desdeñosamente las intrigas de Supay, empeñado en producir un conflicto y ensangrentar la tierra, cogió una montaña de nieve y la arrojó a los pies de Páucar, que ya penetraba ala ciudad, convirtiéndose al caer en bullicioso río. Páucar se detuvo. Después lanzó otra montaña delante de Maray, con el mismo resultado, y Maray se detuvo también. Ya Runtus, que, como el menos impetuoso y el más retrasado, todavía demoraba en llegar , se limitó a tirarle de espaldas de un soplo. Luego clavó en cada uno de los tres guerreros la mirada y convirtióles, junto con sus ejércitos, en tres montañas gigantescas. No satisfecho aún de su obra, volvió los ojos a Cori-Huayta, que asustada, había corrido a refugiarse al lado de su padre, y mirándola amorosamente exclamó: ¡Huáñucuy! y Cori-Huayta, más hermosa, más exuberante, más seductora que nunca, cayó fulminada en los brazos de Pillco-Rumi.

Ante tal cataclismo, la tribu de los pillcos, aterrorizada, huyó, yendo a establecerse en otra región, donde fundó una nueva ciudad con el nombre de Huáñucuy, o Huánuco, en memoria de la gran voz imperiosa que oyeran pronunciar a Pachacámac.

Desde entonces Runtus, Páucar y Maray están donde los sorprendió la cólera de Pachacámac, esperando que ésta se aplaque, para que el Huallaga y el Higueras tornen a sus montañas de nieve y la hija de Pillco-Rumi vuelva a ser la Flor de Oro del gran valle primaveral de los pillcos...





 

jueves, 10 de noviembre de 2022

Ushanan Jampi. - Enrique López Albújar.

 USHANAN JAMPI

Enrique López Albújar


LOS LOPECINOS PROMOVEMOS LA LECTURA Y RECORDAMOS A NUESTRO ESCRITOR ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR

La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se le había convocado la víspera, solemnemente.


Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaba el jornalero, poncho al hombro, sonriendo, con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los coros; el pastor greñudo, de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañosa, haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda gacha y copa cónica —sombrero de payaso— tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito, que apenas le llega al vértice de los codos.

Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio, hoscos, héticos, de cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, mirada de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas —verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.

Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros, Cunce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.

Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con macicez de mueble incaico, el gran consejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno invisible.

De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:

—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.

Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.

—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.

Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el tribunal .un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza.

— ¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.

Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.

—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?

— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.

— ¿Por qué entonces no te quejaste?

—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.

—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.

Ponciano, al verse aludido, intervino:

—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.

—Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.

— ¡Yerro! —Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.

Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más inal­terable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso, dijo:

--Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.

Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:

— ¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta forma:

— ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?

Muchas voces contestaron a un tiempo que la cono­cían y que podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su dueño.

— ¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.

—He oído, pero no tengo dinero para pagar.

—Tienes ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupan inmediatamente y para siempre. La primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachischum. La segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum, pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien, Cunce Maille?

Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui, que por milagro había conservado en la persecución, y sacando un poco de coca se puso a chacchar lentamente.

El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:

—Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?

—Botarlo de aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar mudos e impasibles.

— ¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido. Caiga sobre ti jitarishum.

Después, levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada hasta entonces:

—Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras, cualquiera de los presentes (podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos.

Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio, turbado sólo por el tableteo de los shucuyes. Aquello era una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad del acto.

Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y cactos tentaculares y amenazadores como pulpos rabiosos —senderos de pastores y cabras—, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde, adornada de cintajos multicolores y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de las Obas.

— ¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.

Y dirigiéndose al reo:

— Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para siempre de aquí.

Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más fingido que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y, después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:

— ¡Ysmayta-micuy!

Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la banda opuesta, mientras los perros, alarmados de ver a un hombre que huía y excitados por el largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente, sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.

Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.

El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la férula del misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas es un suplicio y una vergüenza.

Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, había dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y exaltado por los recuerdos, nos­tálgico y cargado su corazón de odio, como una nube de electricidad, harto en pocos días de la vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los ladridos de una jauría famélica y feroz.

A pesar de su valentía comprobada cien veces. Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le apretaba el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? ¿Pero qué podría importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para batirse con Chupán entero y es­capar cuando se le antojara.

Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso auscultando tolos los ruidos, oteando los matorrales, por la misma senda de los despeñaderos y de los cactos tentaculares y ''amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por donde solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.

Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:

—Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?

Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.

Pera el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando le falta poder para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de éstas; Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él siente el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga".

Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche, por turno, con disimu­lo y tenacidad verdaderamente indios.

Por eso aquella noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los yayas.

—Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —exclamó palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.

— ¿Estás seguro, Santos?
—Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es Cunce...
— ¿Está armado?
—Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunee es malo y. tira bien.

Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunee Maille! ¡Ha llegado Cunee Maille!" era la frase que repetían todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir sus grandes garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—; las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar a la distancia.

— ¿Oyes, Cunee? —Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—. Siento pasos de que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!

Cunee hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:

—Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chacchada en mi casa. Voime ya. Volveré otro día.

Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.

Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de este silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en seguido un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando:

— ¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!

Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle.

Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.

A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que había enfurecido al pueblo entero.

— ¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunee Maille vale cincuenta- perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?

Y la shipina era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación, resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.

Alguien señaló a José Facundo. "Verdad —exclamaron los demás—. Facundo engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso".

Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a catipar religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena de saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando:

— ¡Amigo Cunee!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte.

Cunce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le preguntó:

— ¿Qué quieres, Facundo? —Pedirte que bajes y te vayas. — ¿Quién te manda?

— ¡Yayas!

—Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía?

—No; yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.

—Han querido matarme.

—Ellos no; ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se olvidará esta vez para ti. Están asombrados de tu valentía. Flan preguntado a nuestro gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.

Cunce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía continuar indefinidamente, que, al fin, llegaría el instante en que habría de agotársele la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba:
—No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y, a veinte pasos de distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.

Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo porque no estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no había juramento posible.

Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:

—He venido a ofrecerte lo que pides. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.

Y, abriendo los brazos, añadió:

—Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.

Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte a su adversario, levantóle en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad, con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.

— ¡Perro, más perro que los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de ira—; te voy a retacear allá arriba, después de comerte la lengua.

— ¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!

— ¡Calla, traidor!—, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a Facundo por la garganta se la apretó tan profundamente que le hizo saltar la lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo como una onda.

Maille sonrió satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima y se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su madre. Diez puñales se le hundieron en el cuerpo.

— ¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras, salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, comenzaron a tajar, a partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquélla vaciaba el vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.

— ¡A arrastrarlo! —Gritó una voz—.

— ¡A arrastrarlo! —Respondieron cien más—.

— ¡A la quebrada con él!

— ¡A la quebrada!

Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero por el pueblo, para que, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después por la senda de los cactos.

Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo quedaba de Cunce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse entre los cactos, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los perros.

Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasos, a manera de guirnaldas; eran los intestinos de Cunee Maille, puestos allí por mandato de la justi­cia implacable de los yayas.

La soberbia del piojo.

 

                                            La soberbia del piojo.       

                                     (Enrique López Albújar) 

           LOS LOPECINOS PROMOVEMOS LA LECTURA Y RECORDAMOS A NUESTRO ESCRITOR ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR




Un momento, señora…Y la señora Linares, toda joyas y sedas, llena de inquietud y curiosidad, se quedó inmóvil. Yo, con todo respeto que la mujer ajena me inspira, pero al mismo tiempo con la audacia que siento ante cualquier mujer hermosa, estiré resueltamente la mano y cogí de la celeste y vaporosa tela que cubría la casta morbidez de una espalda marmórea, un insecto rubio y diminuto, que perezosamente tomaba el aire o el sol, sin preocuparse del peligro de una mirada indiscreta. Lo arrojé al suelo, le pasé por encima varias veces el pie, a manera de plancha que lustra una pechera, y me sacudí las manos conrepugnancia tardía.
—¿Qué es? ¿Qué ha sido? --preguntó la señora de las espaldas mórbidas, dignas de dormir sobre ellas un sueño de siete siglos.
—Nada, señora. Un pequeño insecto que, seguramente, estaba admirándole su belleza.
—¡Cómo nada! Un piojo, Elvirita,un piojo —dijo interviniendo el más viejo de la reunión, un viejo de solapas pringosas y barbas revueltas y ampulosas como nido de oropéndola, que con su cara de perro de aguas, parecía ladrarle a las gentes cuando
hablaba, mientras que sus ojos lascivos reían entre el paréntesis de dos comisuras lacrimosas y acribilladas de arrugas.
—¡Jesús! —exclamó la señora Linares, levantándose bruscamente y yendo a ocultar su vergüenza lejos de nosotros.
Las demás señoras, tal vez por espíritu de cuerpo o por el temor de un percance igual, fueron, disimuladamente, levantándose y siguiendo el camino de la señora Linares, hasta dejarnos completamente solos. Yo, dirigiéndome al viejo, no pude menos que decirle:
—Es usted demasiado indiscreto, don Melchor. Eso no se le descubre a una señora. Ha podido usted ocasionarle un desmayo.
Y mientras todos los que nos encontrábamos bajo el parral veíamos con hostilidad al impertinente viejo de las barba ampulosas, renegando de que nos hubiese echado a perder tan grata compañía, éste se limitó a contestarme:
—¡Aspavientos!, que no cuadran en estos lugares, donde todos, cual más cual menos, cuando no llevamos un piojo encima es porque lo hemos dejado en casa. ¡Ascos del piojo, cuando el piojo es aquí artículo de primera necesidad! Lo digo sin exageración, porque aquí hay gentes que desayunan con piojos. Y luego, que el piojo es el mejor amigo del hombre. Yo prefiero un piojo a un perro, no sólo porque tiene dos patas más, sino porque no tiene las bajezas de éste. El perro se agacha, se humilla, implora cuando recibe un puntapié del amo, o cuando se ve con un palo encima. ¡Ya va a tolerar un piojo trato semejante! El piojo es el más soberbio y estoico de los seres creados. Y como nos hubiésemos quedado solos y el viejo me iba resultando interesante, resolví provocarle una confidencia, una historia, una anécdota, un chisme, cualquier cosa…
—No —me dijo—, no estoy para chismes ni para historias. ¿Por qué pudiendo hablar de los animales hemos de hablar de las gentes? Todas las historias se parecen. En todas verá usted las mismas ridiculeces, las mismas vanidades, las mismas miserias, las mismas pasiones. No hay más que variantes. ¿Que un marido mató por celos? Una cursilería, una estupidez, porque la libertad del amor está por encima de todas las libertades. ¿Que un Fulano ha amasado su fortuna con el sudor y la sangre de millares de indios? ¡Bah! Para qué son tan bestias los indios. Si los indios se contaran, se organizaran y fueran más a la escuela y bebieran menos, ¡cuántas cosas no harían! Porque el indio no es idiota; es imbécil. Pero de la imbecilidad se puede salir; de la idiotez no. La imbecilidad, como usted sabe, se cura tonificando el alma, sembrando ideales en ella, despertándole ambiciones,haciéndole sentir la conciencia de la propia personalidad. Y el indio, aunque nuestros sociólogos criollos piensan lo contrario, no es persona: es una bolsa de apetitos.
—Bueno, bueno. Hablemos entonces de los animales. Ha dicho usted que el piojo es el mejor amigo del hombre.
¿Desde cuándo nació esta amistad? Y el más soberbio de los seres. ¿Por qué? Don Melchor se acarició la barba con unción de sacerdote que dijera una misa, entornó los ojos como buscando algo interiormente, y, después de un largo calderón de silencio, comenzó:
—Tengo sesenta años largos, que valen por seiscientos. Mis ojos han visto muchas cosas. Tal vez por eso están siempre rojos y me lloran mucho. Y digo los ojos porque con las manos y los pies también se ve, como usted no ignorará.
Pues bien, es con los ojos con lo que vi lo que voy a contarle. »Una tarde… No, fue una noche de un día cualquiera. Soñaba esa noche que un insecto de proporciones elefantinas, sentado al borde de mi lecho, mientras me hurgaba el oído con una de sus garras, me decía gravemente: “¡Melchor, despierta! ¡Te amenaza un peligro!”. Y yo, volviéndome de un lado, contesté:
“¡Váyase usted al demonio! ¡Déjeme dormir!”. Y el insecto impertérrito: “¡Melchor, despierta! ¡Te empujan la puerta del cuarto!”. Y yo ya no era un hombre que dormía sino un fuelle que se desataba en ronquidos. Y vuelta el insecto del diantre: “¡Melchor!, si no despiertas te matarán primero y te robarán después”. ¿Robarme? A mí me habría importado poco lo de la muerte. Pero descerrajarme el baúl y robarme todo lo que en él tenía… Consentir que se me llevaran unas ligas y un paquete de cartas, a los que yo adoraba fetichistamente desde los veinte años…
¡Jamás! Salté del lecho, encendí la vela, eché mano a un sable viejo y mohoso que conservara como recuerdo de una de nuestras redentoras revoluciones, y comencé rabiosamente, con una ceguedad de ciervo irritado, a repartir cintarazos a diestra y siniestra. Un Don Quijote en plena noche de gigantes. Y mientras yo gritaba con toda la heroicidad de un avaro a quien le hubieran descubierto el tesoro: “¡Canalla! ¡Ladrón! ¿Dónde están mis ligas?”, de un rincón del dormitorio me respondió una voz, que parecía un hipo: “¡Perdón, taita! ¡Nada tocado, taita! ¡No me mates, taita!”.»¿Luego era cierto lo del sueño? Dejé quieto el sable, miré al rincón y vi… ¿A quién cree usted que vi? A mi criado, a mi mozo de confianza, con un puñal enorme en la diestra y arrodillado humildemente, con una humildad de perro, con una humildad tan hipócrita que provocaba acabar con él a puntapiés. “¿Conque eras tú? ¡Lárgate, perro ingrato!”. Esto de perro ingrato es una metáfora que me dictó la solemnidad del momento, porque yo no sé que hayan perros ingratos. ¿Usted ha visto alguna vez un perro ingrato? La ingratitud, según los moralistas, la inventó el hombre…
»Y el indio se escabulló en menos tiempo del que yo tardé en echarle. Cerré luego la puerta, la atranqué (desde entonces he adoptado esta sabia costumbre) y me senté en el lecho, meditando sobre lo que acababa de pasarme. ¡Qué suerte la mía! ¡Un hombre debiéndole la vida a una coincidencia, a una casualidad! Porque no creo que la Providencia tenga el mal gusto de intervenir en estas cosas. »Y habría seguido filosofando si el sueño no se hubiese apoderado nuevamente de mí.»Y volví a soñar, mejor dicho, reanudé mi primer sueño. Es en esta segunda parte donde voy a dejar establecida la verdad de mi tesis, que podría titular: “De la bondad indiferente y de la soberbia inconmensurable de un piojo”. De un piojo como el que acaba usted de quitar cobardemente de la espalda de la señora Linares y al que yo, desde el balcón de mi indiferencia, había estado contemplando cómo paseaba su audacia sobre el envanecimiento de una tela insolentemente dichosa.
—Era mi deber. Y mi mayor remordimiento es el no haberlo sabido cumplir en silencio, sin llamar la atención de nadie.
—¿De veras?… No; lo hizo usted por envidia al piojo. Confiéselo.
¡Cuánto no habría usted dado por ser en ese momento el piojo de la señora Linares! Se lo adiviné en los ojos.
—No tanto; hubiera preferido ser pulga.-- Usted por comedimiento, o voluptuosidad, se apresuró a cumplir un deber, si es que deber puede llamarse a eso, en la peor forma que un hombre puede cumplirlo: interrumpiendo una conversación y sacrificando una vida. ¡Y de qué modo! Si hubiera hecho usted estallar a la víctima entre las uñas de sus pulgares disimuladamente… ¡pero con el pie!… No se lo perdono nunca.
Una muerte baja, vil, indigna de la estirpe del más digno camarada del hombre. Así sólo se mata a las chinches, a las arañas, a las cucarachas, a las pulgas. Y podría también matarse a ciertos hombres. ¡Pero al piojo! Yo estimo mucho al piojo desde la noche aquella en que le perdoné la vida a mi criado. ¿Y sabe usted por qué? Porque él fue el insecto de mi sueño; él fue quien, desde un rincón de mi oído, movido por no sé qué fuerza misteriosa y sugestiva, me dio la voz de alarma. Tal vez si el piojo tiene en el hombre la misma misión que cierta mosca parásita de la paloma: presentir el peligro y avisarlo. Por eso, cuando volví a soñar esa noche, lo que al principio había sido un insecto sexquipedálico, aterrador y manso al mismo tiempo, de manchas grises en el dorso, de forma ojival, como una tiara invertida, orlado de ganchos agudos y vellosos, fue después el simple animalito, racionalmente humano, que todos conocemos. Porque no hay ser que se parezca más al hombre que el piojo. Moralmente, se entiende. Tiene toda la bellaquería, toda la astucia, todo el egoísmo, toda la soberbia del hombre. En lo único que se diferencian es en que el piojo no tiene nervios ni vicios. Un piojo es impasible. Y es una virtud en seis patas. Ante el peligro ni se conmueve, ni huye; se deja matar tranquilamente, desdeñosamente. Si los piojos se hicieran la guerra y
tuvieran historiadores las fuentes de la heroicidad quedarían agotadas. »Y es lo que me decía el piojo de mi historia la segunda vez que volví a soñar esa noche: “Ustedes son muy cobardes y muy ingratos también. Después del peligro que acabas de pasar has estado pensando en que le debes la vida a la casualidad. No, es a mí a quien se la debes. Sentí ruido en la puerta mientras dormías, vi a un mal hombre que entraba con un puñal en la mano y con una mala intención en las entrañas, y te desperté dándote un fuerte hincón en la nuca. Entre morir tú y tener que irme yo en busca de otro hombre para vivir, opté por que vivieras. Pero a mí no me importa que no me lo agradezcas. El agradecimiento está bueno para los hombres, para los perros. Un piojo no sabe ni quiere saber de estas cosas. Aliméntate bien, no te envenenes la sangre, no te bañes, no te mudes, no asees el lecho, no barras las habitaciones, no te peines, es todo lo que me interesa. Sobre todo, desprecia el peine. El peine es traidor: en sus garras tiene humores que emponzoñan. El peine es, además, bajo, servil,lacayuno; se deja coger por todas las manos y se desliza indistintamente por entre todos los cabellos, desde el más rubio hasta el más negro, desde el más
crespo hasta el más lacio, sin protestar, mientras el muy pícaro se va llevando mañosamente el mismo pelo que acaricia. ¡Es un hipócrita! Se parece mucho a las chinches, esas bestiezuelas que durante el día duermen, duermen y duermen, apretadas en racimos nauseabundos, y en la noche salen taimadamente a hacer su ración de hombre para volverse, hidrópicas, a sus hediondas madrigueras. Un piojo no es así; es franco en el ataque; pica cuando debe picar y ama siempre la altura. Por eso vive y duerme de preferencia en la cabeza del hombre y sabe todo lo que el hombre piensa. Y prefiere también las serranías y no desdeña la miseria del pobre. En la costa, frente al mar, entre las novedades y melindres de la higiene, un buen piojo, un piojo honesto, no puede vivir. ¡Y lo que vale para él un indio!… Un piojo es carne de indio. En cambio odia a la pulga. La pulga es el animal más impertinente de la creación. Tan luego como siente la mano del hombre corre, salta, tiembla, llora y es capaz de revolucionar una casa y hasta de ocasionar un incendio. ¡Qué animal tan bestia! Bien ha hecho Dios en darle las patas que tiene. ¿Y dónde me deja usted al pique? Éste es otra pulguilla rastrera. Se goza en infiltrarse entre las uñas de los pies del hombre. El gusto más indecente que yo conozco. ¡Puah! El piojo no es, pues, señor don Melchor, ni hipócrita y hediondo como la chinche, ni cobarde, ni saltarín e impertinente como la pulga, ni rastrero y sucio como el pique. Un piojo bien educado no huye ante el peligro, ni mendiga la vida, ni ataca a traición, ni desciende a buscar alimento en las pantorrillas del hombre”. Yo hubiese querido responderle a tan soberbio animalillo: “En cambio tú permites que viva dentro de ti ese bicho feroz que engendra el tifus que diezma todos los años a estas poblaciones”. Pero el piojo, que seguramente leyó mi pensamiento, se apresuró a contestarme: “¿Y lo que diezmas tú con el alcohol, la sífilis, el homicidio y la guerra?”. »Ante tal respuesta no pude menos que ruborizarme, ¡yo, que no sé ruborizarme de nada!, y me desperté. Y como me desperté malhumorado, comencé a rascarme, a rascarme hasta pillarme entre los cabellos un piojo, rubio como un inglés albino, y sereno como un filósofo estoico, que, al verse descubierto y entre las yemas de dos dedos homicidas, pareció decirme cuando le llevé a la altura de mis ojos curiosos: “Ya me ves; soy el que te ha salvado la vida anoche”. Y hasta me pareció que me lo dijo con el mismo tono y el mismo gesto con que los gladiadores romanos le dijeran al César: “Uno que va a morir te saluda”. Y el viejo concluyó diciendo:
—¿Y sabe usted cómo le demostré mi agradecimiento al piojo? Lo coloqué en la uña del pulgar izquierdo, con el mismo cuidado con que el verdugo de Francia acuesta en la guillotina a los condenados, y con la uña del otro pulgar ¡crac! lo hice estallar tranquilamente, sin remordimiento.
—Fue usted ingrato y cruel.
—¡Bah! Fui todo un hombre, señor mío…


LOS TRES JIRCAS.

  Los tres jircas Enrique López Albújar LOS LOPECINOS PROMOVEMOS LA LECTURA Y RECORDAMOS A NUESTRO ESCRITOR ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR Marabamb...